dissabte, 2 d’agost de 2014

LOS EDIFICIOS DE GRAN ALTURA Y SU NORMATIVA EN EL MUNDO ROMANO. EL CASO DE CONSTANTINOPLA


Casa de Diana en Ostia

Xavier Laumain, 
Angela López, 
Francesc Sánchez *


Resumen:

El mundo romano vio desarrollarse una sociedad fuertemente urbana. El crecimiento de los núcleos de población, con Roma a su frente, exigía una organización de infraestructuras suficientes para responder a las necesidades de una población cada vez más numerosa. Con el desarrollo de la Urbs, su atractivo y su posición de centro del “mundo civilizado” provocó importantes migraciones que participaban a la cada vez mayor carencia de alojamiento. El espacio limitado del recinto de la ciudad generó la necesidad de buscar solventar la falta de suelo con la construcción en vertical, de edificios cada vez más altos. Para limitar los abusos, y los riesgos, el legislador romano tuvo la preocupación, de forma muy temprana, de tener en consideración estas condiciones. Esta evolución histórica, durante varios siglos, se vio recogida en la Legislación de Zenón, heredera de la experiencia anterior, aplicada al caso concreto de Constantinopla, la nueva ciudad de referencia del Imperio. El análisis de dicho código nos permite acercarnos tanto a la historia legal en el mundo romano en general, como a la situación de la capital de Imperio de Oriente en particular.

1.    Introducción

La sociedad romana se caracteriza por ser eminentemente urbana. En sus aglomeraciones trasciende la relevancia de la planificación y del orden. A su vez, aparece claramente en ella la importancia de los espacios públicos, la preocupación por las infraestructuras – redes públicas de abastecimiento de agua, de desagüe, red de carreteras, pavimentación de calles, etc. – y los servicios públicos – termas, teatros y anfiteatros, bibliotecas, etc. –, demostrando la profunda voluntad de generar espacios comunes de vida, de agruparse en comunidades estructuradas tanto a nivel social como urbanístico. Si bien existían edificios diseminados en el territorio, esto solían responder a necesidades concretas, vinculadas con grandes propiedades agrícolas, vías de comunicación o espacios religiosos.

Este convencimiento de la urbanidad como signo de desarrollo, demostrado a través de sus realizaciones, se confirma en la actitud despreciativa que tienen los Romanos frente a otros pueblos que viven de forma “primitiva”, considerándoles como bárbaros, como puede ser el caso de los Germanos (1), o de los Galos. Sus aldeas, generalmente de pequeño tamaño y aisladas, estaban constituidas de construcciones de tipo cabaña, como lo que se conoció en tiempos remotos (2).

Si bien la organización de las ciudades, independientemente de su tamaño, era estricta y densa, existen casos paradigmáticos del carácter urbano de los romanos, como pueden ser Constantinopla o la misma Roma. Esta última llegó a contar con un millón de almas. Durante toda su historia, la demanda constante de vivienda, debido al atractivo de la Urbs por su carácter de centro del mundo romano, proporcionó una situación de tensión urbanística (3), cuyos efectos se recogen de forma insistente en lo textos clásicos (4).

 Esta necesidad de dar cobijo a una multitud cada vez mayor de habitantes generó a su vez un fenómeno de especulación inmobiliaria sin precedente. La actividad en torno a la compra de solares o edificios, con el fin de construir nuevos inmuebles y sacar un aprovechamiento económico óptimo de la operación, propició la construcción de edificios cada vez más altos, destinados al alquiler de cenaculae (5) o de domus. Dichos inmuebles se solían construir de forma rápida y barata, conllevando una mediocre calidad de ejecución – junto con un descuido del mantenimiento por parte de los propietarios (6) – y por consecuente grandes riesgos de derrumbes o incendios.

Paradójicamente, debemos alejarnos de la visión que nos pueden transmitir erróneamente estas condiciones, y admitir que estos inmuebles no sólo eran para gente pobre o humilde. De hecho, los más pobres no podían tener acceso a estas viviendas, cuyos precios requerían a menudo tener ingresos mínimos de los que gran parte de la población no disponía. Los más desafortunados no podían ni siquiera acceder a apartamentos, aunque fuesen insalubres. Tampoco el valor de los pisos era homogéneo.  Así, en un mismo edificio, era normal que se  superpusieran – en el sentido literal de la palabra – distintas capas sociales, cada vez más humildes conforme se subía en altura, quedando el espacio de la cambra para los inquilinos más pobres.

Si nos fijamos pues en los textos clásicos, en la bibliografía científica contemporánea, y en testimonios como la Forma Vrbis Romae, no cabe duda de que Roma fuese una ciudad densamente edificada y poblada, donde existía una carrera hacia las alturas por falta de espacio y necesidad de alojamiento, urbanismo vertical que a su vez generaba numerosos peligros. Por esta razón, los Romanos tuvieron que legislar, ya de forma temprana, sobre la forma de construcción, la altura edificable máxima y las servidumbres que debían afectar a los edificios, con tal de garantizar seguridad para los habitantes y viabilidad urbanística. (+)

Este artículo ha sido publicado íntegramete en el blog de Arraona Romana.

(*) Comunicación presentada en el mes de octubre de 2013 el International Istanbul Historical Peninsula Symposium